Mi desayuno diario consiste en un licuado a las 5:30 am. Suelo pasearme por la casa “arreglándome” para salir al mundo, cada vez que paso junto a la mesa del comedor le doy un trago y así hasta que se acaba y me puedo lavar los dientes para terminar con la rutina pre-escuela.
El licuado cambia de sabor con los días y el humor de madre. La mañana de no recuerdo que día de esta semana pasé por la mesa y le di un largo trago al desayuno y sentí una textura difícil de describir, con un sabor tan bueno que no iba para nada con la consistencia del “líquido” en mi boca. Después de poder pasarme el trago de licuado tuve la siguiente conversación con madre:
-¿De qué es el licuado?-
-¿Qué? ¿No te gustó?- respuesta que me hizo suponer que mi cara tenía algo extraño.
-Sí, sí. Sólo quiero saber de qué es.
-Plátano con amaranto.
-Ah… Gracias.
La siguiente media hora mis sentidos fueron atacados por todo tipo de estímulos (no precisamente agradables).
1. El licuado sabía extremadamente bien, pero la cantidad de… residuos sólidos… en él lo hizo casi insoportable. No pude terminármelo a pesar de que de verdad me gustó mucho =(.
2. La musiquita del programa de cocina que ve madre en las mañanas es tan desesperante que no puedo expresarlo con palabras. Sólo puedo decir que cuando empieza me dan unas ganas impresionantes de salir más temprano de mi casa.
3. El nuevo desodorante de padre tiene un olor bastante peculiar. No es malo, pero es muy nuevo y no me acostumbro todavía. Sigue siendo un poco asfixiante cuando sale de su recámara.
4. Tuve que usar gel para peinarme, pero como estaba muy… denso… me mojé las manos llenas de gel. Mala idea. La cosa que quedó en mis manos se sentía peor que el bendito licuado.
Afortunadamente no tuve que ver nada perturbador, a esa hora se habría convertido en un trauma (al menos por un día), cosa indeseable e inconveniente para un día de escuela.
De cualquier forma, sigo amando los licuados de madre.
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