Hace unos cuantos días bebí del mejor chicle que haya probado en mucho tiempo. La historia fue así:
Caminaba felizmente por las calles de mi pueblo (larai larai larai…) de la mano de mi madre. Pasamos por una tienda, de esas en que venden alimentos extremadamente nutritivos y sus derivados, y la mujer amablemente me invitó un refresco. No había mucho de donde escoger en el gran refrigerador rojo lleno de botellas con etiquetas de igual color, llenas de un apetitoso líquido burbujeante negro, además de otras cuantas bebidas refrescantes que se me antojaron tanto como la obscura antes mencionada. Al final me decidí por una botellita de un verde coqueto. Se trababa de una edición especial de la bebida de limón, de la competencia de los rojitos, que decía llamarse “Mojito”.
Después del primer sorbo… la maravilla… de verdad sabía a hierbabuena (como decía la etiqueta), tan buena como la de los chicles que no he podido comer hace meses (por cuestiones bucales de las que tal vez hable en otra ocasión). Fue como tomarme un chicle, pero no como el centro líquido de los famosos, sino algo mucho menos denso y (obviamente) refrescante.
Extrañamente, de tres personas que lo probamos: madre, hermano favorito y yo; sólo a la que cuenta esta historia la hizo feliz. Jum…
Desgraciadamente, no hubo final feliz. Primero, porque el líquido no fue infinito y se terminó (ahhh…); segundo, porque cuando me disponía a desechar la botella me encontré con la fecha de caducidad (turún!!!): 210110. Todo esto sucedió ya entrados en los 20’s de febrero, creo que el problema es claro…
Naa… ¿A quién engaño? La verdad es que, para mí, lo más triste de la historia fue lo primero. La caducidad no importa (espero), lo disfruté…
Fin.
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