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lunes, 28 de marzo de 2011

Crujientes aros de cebolla.

De nuevo hice uno de mis intentos por cocinar.


Parecía bastante simple: pelar y cortar cebolla en aros, que después se remojan en agua fría media hora. Por otro lado: mezclar leche, huevo y aceite; mezclar harina, sal y polvo para hornear; mezclar las dos mezclas hasta “formar una crema”. Los aros, después de escurrirlos, se bañan en la dichosa crema y se fríen; una vez dorados, se escurren y se dejan en papel absorbente. Al final, “se sirven calientes y son una delicia”, según la página.

Mi resultado fue este:

Pero debo confesar que no seguí la receta al pie de la letra…

Para empezar la cebolla no pasó por el baño de agua, lo que según la sabiduría de madre servía para quitarle lo picoso (usó la palabra desflemar… fea palabra para mi gusto); no hacer esto sólo nos costó unas lágrimas pero no afectó el sabor. La “crema” no se pegaba a la cebolla… así que los primeros aros fueron un pequeño desastre; pero madre entró al rescate: “¿por qué no los enharinas antes?” y funcionó, no podría ser de otra forma.

Los servimos calientes y, para ser sinceros, no estaban nada mal. Pero mi cocina no estaba limpia y en orden como las de la tele…

En fin, el resultado en cuanto a lo comestible no fue malo para nada. Lo que siempre me pasa, y es una de mis razones para no cocinar, es que me pongo a comer lo que estoy preparando antes de que llegue a la mesa… entonces, cuando por fin me siento a comer ya no voy con hambre.


Pero bueno, son los gajes del oficio.

viernes, 23 de abril de 2010

Lasaña.

ADVERTENCIA. El siguiente post puede ocasionar antojos extremos, ganas intensas de comer o repugnancia, según el lector. Si en algún momento llega a experimentar cualquiera de los síntomas antes mencionados o alguno similar, la autora recomienda dejar de leer y continuar cuando se encuentre en mejores condiciones. Si el lector decide hacer caso omiso a esta advertencia, la escritora presente no se hace responsable.

(Bonnet: Que conste.)


 

Comer es muy divertido. Es de las cosas que más me gusta hacer, siempre y cuando la comida no tenga algún tipo de picante, cebolla o jitomate crudos; son las tres cosas que no soporto. Salvo algunas otras excepciones, disfruto mucho comer.

Pero tengo un problema: no se cocinar. Entonces prácticamente todo lo que como viene de otras manos, cosa que no me molesta en absoluto porque las “otras manos” suelen cocinar muy bien. Sólo hay como 5 cosas que sé hacer:

- Plátanos con crema (o fresas o duraznos, cualquier derivado de eso).

- Hot cakes.

- Espagueti (sólo, con crema y con una salsa/crema verde con plantitas que me enseñó a hacer madre).

- Pan.

- Y más recientemente, lasaña.

No es por presumir, pero la última me sale bastante bien. Y no lo digo yo, lo dicen los que la han comido =D, por eso es que lo creo; hermano favorito es muy sincero y además cocina mejor que yo, entonces confío en su opinión: si no le gusta, lo dice y no repite, cosa que no pasó con mi lasaña n_n. Como es de las 5 cosas que me salen y sí se puede comer como plato fuerte, fue lo que hice cuando me quedé encargada de hacer la comida sabatina. Salió medio chafa en algunas partes, pero tenía que experimentar con la nueva receta (no podía negarme, la naturaleza científica lo demandaba); la mayor parte estaba bien cocida, entonces no se quejaron (mucho).

El mismo sábado, antes de salir a hacer las compras para la comida, desayuné plátanos con crema y una cosa que se supone que es miel, pero su consistencia ya no es la que corresponde, es miel evolucionada. Me alimenté con eso porque 1. no tenía cereal, 2. tampoco ganas de hacer hot cakes y 3. ni modo que desayunara espagueti. Al final fui feliz, la cosa estuvo tan simple… pero tan rica… que no se cómo no fue mi primera opción.

Y ustedes se preguntarán, ¿qué tienen que ver las galletas en todo esto? Pues nada, pero el empaque dice que “saben muy chido” o algo parecido y trae una mermelada con la que puedes hacer cosas divertidas… y luego comértelas.

…

Creo que debo detenerme, ya me está dando hambre. Y, la verdad, espero que a ustedes también. Para distraernos veamos este video (phew phewphew phewphew… phewphew phewphew phewphew… phewphew phewphew phewphew phew…), ese hombre es tan bueno… que da miedo.

viernes, 19 de marzo de 2010

Galletitas... (algo me dice que no pongo atención).


Escribo esto sobre mi reporte de orgánica mientras me tomo un descanso y me lleno de galletitas. Amo las galletitas... y así el jugo de zanahoria, manzana, mango, kiwi, piña y lima sabe menos chistoso. Madre me compró un par para "probar", entonces hay que tomarlos.

He hecho no se cuantos dibujitos de cositas químicas… y todavía me tardo mucho. Pero creo que he terminado con eso por hoy, el texto se va más rápido. Ando como zombi… (¡Jajaja! Acabo de ver un mimo pidiendo por un taxi a gritos, fue gracioso)… distraída porque no he dormido muy bien y tengo tantas cosas que hacer que ya olvido hasta apuntarlas, entonces cuando tengo tiempo no recuerdo que debo hacerlas. Eso no es bonito.

Pero… ¡Ya es viernes! Así que hay 48 horas por delante para hacer al menos 3 de las mil cosas por pendientes… (Madre acaba de descubrir un truco de la tele, se ve entretenida). Luego, una semana tan pesada como camión lleno de elefantes embarazados (¿será así?)… ¡pero al final será viernes otra vez! Y lo mejor del caso es que a ese le siguen las vacaciones. Una semana para ver si puedo llegar al 50 de las cosas por hacer.

(Hermano favorito se ríe frente a la computadora, es chistoso. Me pregunto si yo me veré así cuando me pasa lo mismo.)

Suficiente, debo continuar con los deberes…


… y recordar que hay que borrar esto del reporte.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Plátano y amaranto.

Mi desayuno diario consiste en un licuado a las 5:30 am. Suelo pasearme por la casa “arreglándome” para ­­­­­­­salir al mundo, cada vez que paso junto a la mesa del comedor le doy un trago y así hasta que se acaba y me puedo lavar los dientes para terminar con la rutina pre-escuela.

El licuado cambia de sabor con los días y el humor de madre. La mañana de no recuerdo que día de esta semana pasé por la mesa y le di un largo trago al desayuno y sentí una textura difícil de describir, con un sabor tan bueno que no iba para nada con la consistencia del “líquido” en mi boca. Después de poder pasarme el trago de licuado tuve la siguiente conversación con madre:

-¿De qué es el licuado?-

-¿Qué? ¿No te gustó?- respuesta que me hizo suponer que mi cara tenía algo extraño.

-Sí, sí. Sólo quiero saber de qué es.

-Plátano con amaranto.

-Ah… Gracias.

La siguiente media hora mis sentidos fueron atacados por todo tipo de estímulos (no precisamente agradables).

1. El licuado sabía extremadamente bien, pero la cantidad de… residuos sólidos… en él lo hizo casi insoportable. No pude terminármelo a pesar de que de verdad me gustó mucho =(.

2. La musiquita del programa de cocina que ve madre en las mañanas es tan desesperante que no puedo expresarlo con palabras. Sólo puedo decir que cuando empieza me dan unas ganas impresionantes de salir más temprano de mi casa.

3. El nuevo desodorante de padre tiene un olor bastante peculiar. No es malo, pero es muy nuevo y no me acostumbro todavía. Sigue siendo un poco asfixiante cuando sale de su recámara.

4. Tuve que usar gel para peinarme, pero como estaba muy… denso… me mojé las manos llenas de gel. Mala idea. La cosa que quedó en mis manos se sentía peor que el bendito licuado.

Afortunadamente no tuve que ver nada perturbador, a esa hora se habría convertido en un trauma (al menos por un día), cosa indeseable e inconveniente para un día de escuela.


De cualquier forma, sigo amando los licuados de madre.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Hierbabuena.

Hace unos cuantos días bebí del mejor chicle que haya probado en mucho tiempo. La historia fue así:

Caminaba felizmente por las calles de mi pueblo (larai larai larai…) de la mano de mi madre. Pasamos por una tienda, de esas en que venden alimentos extremadamente nutritivos y sus derivados, y la mujer amablemente me invitó un refresco. No había mucho de donde escoger en el gran refrigerador rojo lleno de botellas con etiquetas de igual color, llenas de un apetitoso líquido burbujeante negro, además de otras cuantas bebidas refrescantes que se me antojaron tanto como la obscura antes mencionada. Al final me decidí por una botellita de un verde coqueto. Se trababa de una edición especial de la bebida de limón, de la competencia de los rojitos, que decía llamarse “Mojito”.

Después del primer sorbo… la maravilla… de verdad sabía a hierbabuena (como decía la etiqueta), tan buena como la de los chicles que no he podido comer hace meses (por cuestiones bucales de las que tal vez hable en otra ocasión). Fue como tomarme un chicle, pero no como el centro líquido de los famosos, sino algo mucho menos denso y (obviamente) refrescante.

Extrañamente, de tres personas que lo probamos: madre, hermano favorito y yo; sólo a la que cuenta esta historia la hizo feliz. Jum…

Desgraciadamente, no hubo final feliz. Primero, porque el líquido no fue infinito y se terminó (ahhh…); segundo, porque cuando me disponía a desechar la botella me encontré con la fecha de caducidad (turún!!!): 210110. Todo esto sucedió ya entrados en los 20’s de febrero, creo que el problema es claro…

Naa… ¿A quién engaño? La verdad es que, para mí, lo más triste de la historia fue lo primero. La caducidad no importa (espero), lo disfruté…

Fin.