lunes, 28 de marzo de 2011

Crujientes aros de cebolla.

De nuevo hice uno de mis intentos por cocinar.


Parecía bastante simple: pelar y cortar cebolla en aros, que después se remojan en agua fría media hora. Por otro lado: mezclar leche, huevo y aceite; mezclar harina, sal y polvo para hornear; mezclar las dos mezclas hasta “formar una crema”. Los aros, después de escurrirlos, se bañan en la dichosa crema y se fríen; una vez dorados, se escurren y se dejan en papel absorbente. Al final, “se sirven calientes y son una delicia”, según la página.

Mi resultado fue este:

Pero debo confesar que no seguí la receta al pie de la letra…

Para empezar la cebolla no pasó por el baño de agua, lo que según la sabiduría de madre servía para quitarle lo picoso (usó la palabra desflemar… fea palabra para mi gusto); no hacer esto sólo nos costó unas lágrimas pero no afectó el sabor. La “crema” no se pegaba a la cebolla… así que los primeros aros fueron un pequeño desastre; pero madre entró al rescate: “¿por qué no los enharinas antes?” y funcionó, no podría ser de otra forma.

Los servimos calientes y, para ser sinceros, no estaban nada mal. Pero mi cocina no estaba limpia y en orden como las de la tele…

En fin, el resultado en cuanto a lo comestible no fue malo para nada. Lo que siempre me pasa, y es una de mis razones para no cocinar, es que me pongo a comer lo que estoy preparando antes de que llegue a la mesa… entonces, cuando por fin me siento a comer ya no voy con hambre.


Pero bueno, son los gajes del oficio.

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